Un amigo bromeó diciendo que su reloj inteligente ahora conoce sus estados de ánimo mejor que ella misma. Te empuja a ponerte de pie, te elogia por cumplir metas diarias de pasos y hasta te recuerda respirar. Es como si el cuerpo necesitara avisos para lo que ya sabe hacer por sí mismo. En Filipinas, cada vez más personas llevan dispositivos que tejen una vigilancia suave sobre el cuerpo. Los relojes inteligentes y las aplicaciones de conteo de calorías prometen salud y autoconciencia pero también un ojo que no se aparta. Observamos puntuaciones de sueño, niveles de estrés y movimientos diarios como si el bienestar fuera una auditoría. DISPONIBLE SOLO EN PLANES PAGADOS.
Donde antes confiábamos en el pakiramdam, ahora consultamos las apps de nuestro teléfono. Este hábito de auto seguimiento puede parecer nuevo y contemporáneo, pero recae en una tradición de vigilar el cuerpo. El cuerpo filipino no dejó de ser objeto de observación y disciplina, sino que fue adaptado a nuevas tecnologías. Desde el periodo colonial, la mirada hacia el cuerpo se convirtió en una forma de control y aprendizaje social. Los frailes españoles promovían la modestia, disciplina y autocontrol vinculando la conducta corporal con virtudes morales y orden religioso. Cuando llegaron los estadounidenses la atención al cuerpo se reorganizó con la ciencia y la modernidad y se pensó la educación física como clave cívica. Hoy el mecanismo de vigilancia puede estar en un simple zumbido discreto en la muñeca.
Las escuelas públicas introdujeron calistenia, deportes, higiene y exámenes médicos como forma de formar ciudadanos disciplinados. Los niños eran alineados, inspeccionados, pesados y medidos para promover una gobernabilidad corporal. La educación física y las campañas de salud no solo prevenían enfermedades sino que entrenaban a la población. Incluso la balanza y el gráfico de salud se convirtieron en instrumentos de gobernanza. Ser medido equivalía a ser evaluado y ser evaluado era ser gestionado. Las tecnologías actuales pueden parecer lejanas a los gimnasios coloniales, pero la lógica subyacente continúa. El mandato ya no proviene de un maestro con silbato sino de una vibración discreta en la muñeca.
La mirada colonial no ha desaparecido y de muchas formas la hemos internalizado. Estos dispositivos llegaron a un país ya estirado por el trabajo y la precariedad. Los filipinos son de los usuarios de internet más activos del mundo, pero también entre los más sobrecargados. Nos desplazamos largas distancias trabajamos múltiples empleos y enfrentamos la precariedad financiera mientras cuidamos de la familia. Nuestros cuerpos se mueven por necesidad y no por elección como en otras circunstancias. Sin embargo la tecnología vestible imagina un mundo de tiempo flexible descanso disponible y movimiento como una elección. Espera que podamos tomar un descanso dormir ocho horas y sumar pasos como si nuestras rutinas no fueran condicionadas por el tráfico el cuidado y el trabajo por turnos.
Una puntuación de sueño no puede capturar a la madre que atiende a un hijo enfermo. Una alerta de postura no puede cambiar un viaje en jeepney lleno de gente. Las métricas cuentan una historia pero no siempre la nuestra. Nada de esto pretende despreciar lo que la tecnología puede ofrecer. Durante los confinamientos muchas personas encontraron rutinas de ejercicio en línea cuando los gimnasios estuvieron cerrados. Los wearables ayudaron a detectar problemas médicos precoces y facilitaron el acceso a la salud. Pero debemos preguntar cuándo la guía se convierte en auto vigilancia y presión para rendir una versión de la salud.
La auto vigilancia supone que el bienestar es una tarea individual. Sin embargo la salud se moldea por condiciones sociales y materiales en las que viven las personas. Una persona que no puede permitirse descansar no debe ser corregida por una app por estar cansada. Un trabajador que está de pie todo el día en un trabajo de servicio no necesita un recordatorio para moverse. Escuchar al cuerpo es fundamental porque la mayor parte del cansancio se debe a contextos que la tecnología no ve. La ciencia antropológica nos recuerda que los cuerpos llevan historia y memoria de colonización migración y pandemias. En este marco un wearable encaja con una tradición de vigilar el cuerpo para corregir y optimizar incluso para seguir adelante.
El bienestar no es solo rachas de actividad ni puntuaciones sino descanso sin justificación movimiento por placer y momentos de silencio sin rendimiento. Es recordar que el cuerpo no es un proyecto aislado sino un hogar. La tecnología puede orientarnos pero no debe reemplazar nuestro propio saber. Podemos acoger los datos sin dejar de honrar lo que no puede graficarse como el cansancio la ternura la resiliencia y la esperanza. Incluso en una era de monitorización constante el cuerpo sigue siendo un testigo de todo lo que llevamos. Merece no solo precisión sino cuidado y empatía en el uso de la tecnología. El final no es un algoritmo sino una invitación a escuchar y a cuidar.